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Blog de Viaje: Camboya, campo

Ago 25, 2017

Esto sigue sin ser  una guía de viajes, no pretendió serlo.
En cierta manera es una excusa para obligarme a ordenar y subir las fotos, enseñároslas con un criterio menos aleatorio y, de paso, contaros mi experiencia en el país, por si os animáis a ir.
Y, por qué no decirlo, recordar mi viaje.

Camboya es un país mayoritariamente agrícola, la revolución industrial pasó un poco de largo. Se encuentran en ese punto en el que tantos países en vías de desarrollo se encuentran, donde puedes ver a ganaderos que no han salido de su ciudad con un Samsung s8 y tele por cable. Es chocante, la verdad, pero es algo más que habitual cuando vas a países pobres. Un smartphone ya no es un bien de lujo ni para ellos. La tecnología avanza mucho más rápido que la sociedad, lo que inevitablemente genera, no ya un choque cultural, si no que además hace que las nuevas generaciones no se sientan conectadas con su entorno y renuncien a sus tradiciones abrazando la falsa idea de progreso. Supongo que eso pasa incluso en España, es inevitable.

Salvando las 5 ciudades que tiene Camboya todo lo demás son áreas agrícolas y jungla, que van siguiendo las carreteras como antiguamente seguían los cauces de los ríos. La gente rural es más naif, te saludan cuando pasas con el tuktuk, sonríen siempre y son muy hospitalarios. Al ser mayoritariamente agricultores nadie nos pidió limosna en el campo, parecía que la pobreza era cosa de ciudades. Siempre he pensado que ser pobre en el campo es mejor que ser pobre en ciudad, porque por lo menos tienes comida segura.

Anciana Bunnong posa con su nieta

Me llamaba la atención que cuando hacía una foto a un niño, por ejemplo, el padre no sólo no se enfadaba, si no que le decía al niño que sonriera. Las áreas rurales son en las que más se disfruta haciendo fotos, al menos yo, por lo exótico y auténtico de la gente que te encuentras. Podías pedirle a una señora que sujetaba a un niño en brazos una foto sin que te pusiera ninguna pega, acercarte a unos niños jugando y que nadie te mirara raro.

Los paisajes son realmente bonitos, la humedad hace que haya unas nubes bajísimas que parece que puedes tocar. El atardecer no llega a teñirlas de naranja al estar tan bajas, por lo que se forman unas nubes realmente bonitas. Las más bonitas que he visto nunca,de hecho. Es como si las nubes de Camboya fueran otra cosa a lo que entendemos aquí por nubes. Otra escala de grises ocupando el cielo,y con cortinas de monzón tapando parte del horizonte. Los días no son de sol o nubes, alternan continuamente. Fuimos en la época de los monzones, pero lo cierto es que quitando dos días de jungla, fue muy soportable. Incluso me atrevería a decir que se agradecía cuando se nublaba, el calor bajaba drásticamente y el riesgo de volver a abrasarte la cara bajaba mucho.

Las ciudades y pueblos tienen poquita gracia en sí, son los alrededores los que dan el atractivo a los destinos, en los alrededores de Kampot, por ejemplo, hay una concentración de plantaciones de arroz y de pimienta que te regala unos atardeceres realmente salvajes con el reflejo del ocaso en el suelo lleno de arrozales.

O en Kratie, al este, puedes ver el atardecer sobre el río Mekong mientras navegas entre delfines de agua dulce con apenas turistas, escuchándoles resoplar a tu alrededor. (A los delfines, claro)

Atardecer sobre el rio Mekong con las nubes de fondo

El campo nos pareció la parte más auténtica del viaje, por la ausencia casi total de turistas y también porque ves que esa ausencia hace que la gente que vive de la agricultura y la ganadería no necesite del turismo para poder vivir. Tienes la sensación de que esa gente ha estado ahí cientos de años haciendo lo mismo, sin más pretensiones. Después de ver los delfines volvimos a Kratie y nos acercamos a cenar a un bar del paseo marítimo en el que sonó Despacito.

¿Por qué? Luego descubrimos que hasta ahí llegan los grandes éxitos, que los hijos de un granjero de provincia camboyano conocían el tema. De hecho, las únicas palabras en español que conocían era despacito y suavecito. Algo es algo. Otro absurdo de la vida moderna, por ejemplo, era que conocían el Real Madrid pero no la ciudad de Madrid. Fue bastante impresionante descubrir este tipo de anécdotas. Que en España triunfó el Numa-Numa-Yei que era Moldavo, tampoco vamos a ir ahora de talibanes culturales por el mundo.

Buscando la jungla intentamos llegar a los Montes Cardamomo, una de las mayores reservas naturales del sudeste asiático. Como apenas hay turismo y la gente vive de la agricultura, no tienen demasiado interés en explotar el potencial de estos montes casi vírgenes. En nuestro afán por subir a verlos, aparecimos en mitad de un pueblo llamado Kravanh donde no había ni hostales ni restaurantes para turistas. En Lonely Planet comentaba que era un excelente punto de acceso para descubrir los cardamomo, pero lo cierto es que una vez llegamos ahí nadie, literalmente nadie sabía cómo subir hasta ellos y, de hecho, desconocían la importancia de los mismos.

Hogar que nos acogió en Kravanh, escena cotidiana

Se puede leer en varias referencias que el gobierno está vendiendo parques naturales a grupos inmobiliarios para construir apartamentos de lujo para turistas chinos. En Bokor, por ejemplo, uno de los parques naturales del país, hay un casino de 5 plantas con un complejo de viviendas alrededor. Lo más sangrante es que está abandonado. No son del todo conscientes de que las reservas naturales que tienen pueden ser rentables para el turismo. De alguna manera entran en la contradicción de fomentar el turismo de borrachera y mochilero europeo de ciudades que construyen a marchas forzadas cuando podrían ser uno de los destinos más interesantes del planeta para trekking y fauna salvaje, que ya tienen. Se empeñan en fomentar el turismo que menos ayuda a conservar sus recursos naturales. Venden parques naturales para fomentar el sector de la construcción en vez de construir ellos sus propios resorts en los alrededores del parque para poder ser sostenibles. Es difícil que cambien el camino que están siguiendo, pero es una pena que hasta en el mar vayan a tener problemas por la venta de arena a terceros países. Es pura ignorancia colectiva o pura corrupción, o quizás ambas.

Volviendo a Kravanh… Un habitante del pueblo que sabía inglés sorprendentemente bien nos hizo de traductor y nos invitó a su casa a dormir con su familia. Nos salvó la vida ciertamente. Sabíamos que en Camboya se podía dormir en casa de gente en las zonas turísticas, pero no pensamos que en mitad de la nada nos fueran a invitar. Una velada muy agradable que hizo que el hecho de no subir a los montes no pareciera tan importante, ya que la experiencia de compartir tiempo con gente local fue inolvidable. No sentirte turista es la mejor manera de hacer turismo, al menos para mi.

Para ir más al Este cogimos un autobús inolvidable. El olor era muy fuerte y había una cantidad de mosquitos absurda. Después nos dimos cuenta de que era porque había una señora que llevaba dos gallinas vivas en una cesta para venderlas en una parada. Estas paradas no son como las paradas que entendemos nosotros, en zonas de servicio, que también las hay, si no que son paradas en mercadillos ambulantes en los que ya antes de parar, los vendedores intentan vender toda suerte de alimentos típicos mientras el bus está en marcha, como 4 huevos trinchados con cáscara a la brasa, banana frita, grillos fritos o unos bollos con una pinta repugnante que lo cierto es que no estaban malos. Tras la última parada subieron una moto dentro del autobús usando tres asientos que estaban libres, haciendo que la mezcla del olor a gallina y gasolina nos acompañara hasta Mondulkiri.

Niños juegan a la rayuela con un machete

En la frontera con Vietnam, a la derecha del país, hay una enorme extensión de jungla virgen con una población bastante abundante de elefantes. Es un destino razonablemente accesible para acercarte si no tienes una semana entera, que es lo que duran las grandes excursiones por la selva. Supongo que con 26 años y estando en forma se puede hacer una semana de trekking por la jungla, pero creo que la experiencia sería demasiado dura como para llamarle vacaciones, así que cogimos una de dos, que me acabó dando la razón. La ropa no se secaba ni a hostias entre el monzón y el 80% de humedad. Hacía frío, estaba lleno de barro, con sanguijuelas y era desagradable caminar con las botas empapadas, pero sin duda fue la mejor experiencia del viaje.

Quizás sea masoca, pero no me importa estar mojado y con sanguijuelas si eso me permite comer en mitad de la jungla con un elefante bañándose en el río a apenas 10 metros de nosotros; o dejar unos pantalones para tirar si ha sido por hundirlos en huellas de elefantes hasta la rodilla mientras el monzón nos calaba enteros. Nunca en mi vida he camino en condiciones más difíciles (sin contar desiertos, claro), pero la sensación de decir “guau, estoy en mitad de la puta jungla” lo compensa todo. Incluso las inexistentes medidas de seguridad en un paso en un río caudaloso mientras diluviaba, en el que un resbalón sería una muerte segura. Eso sí, sería la mejor muerte del mundo, porque caerías sobre un elefante bañándose que seguramente asustado te mataría, aunque preferíamos pensar que, en caso de cada, te agarraría con la trompa y te auparía para llevarte con el grupo.

Además, nos quedamos a dormir en una aldea Bunnong, que es una de las etnias minoritarias de Camboya, lo cual es bastante interesante, ya que ves cómo viven realmente. No es un parque temático turístico como las Haimas del desierto de Marruecos. La aldea Bunnong es uno de los lugares en los que más fotos he hecho del viaje, y eso que apenas estuve unas 5 horas hábiles, y ni siquiera es que estuviera trabajando, si no que a poco que dabas un paseo por los 100 metros que medía el pueblo, veías fotos a cada esquina. Era impresionante la complicidad con la que vivían los animales entre los hombres. En la calle había cerdos, vacas, gallinas, perros, gatos, y todos sin atar. Tu caminabas tranquilamente y de repente se te cruzaban 5 cerdos bebés y al minuto veías a una vaca intentar comerse la ropa tendida de una señora, que al verla le daba con un palo.

Era todo muy auténtico. Hay tanta fauna y llueve tanto que se duerme en hamacas para no tocar el suelo. En un primer momento estaba aterrorizado por dormir en una hamaca y al día siguiente tener que hacer trekking, pero lo cierto es que fue uno de los días que mejor dormí del viaje.

Todo esto es en Mondulkiri, nos quedó pendiente Ratanakiri, donde un asteroide chocó e hizo un lago artificial perfectamente redondo. Espero poder verlo otra vez.

De ahí nos fuimos a las islas!

Un niño posa felizmente con su tronco

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